Otro texto en detracción de la danza

Por Gabino Rodríguez.

En un principio se me convidó a que grabara un texto para las visiones coreográficas de Nadia Lartigue. Pero creo que tiene más sentido que lo escuchemos de voz de un participante, principalmente coreógrafas y bailarinas. Aun corriendo el riesgo de volver más confuso lo que ya de por si es.

Amigas y enemigos, comenzamos:

“Alaba al ignorante y hazle bailar, si no es tonto, tonto le harás terminar.”

Dicho popular.

El bailar existe antes que la danza y el ver bailar al otro que también baila, es intrínseco al baile mismo, bailar con otros a los que reconozco bailando. La danza en su acepción artística lo más que ha aportado son una serie de desactivaciones y una tradición.

El baile colectivo que se producía en las celebraciones dionisíacas, saturnales o carnavalescas tenía un efecto integrador e individualmente emancipatorio que las clases dirigentes siempre vieron con desconfianza. Por eso se fue prohibiendo, limitando y condicionando. Sin llegar a constituir una herejía, éstas celebraciones componían una potencia, misma que se desactivó en cuanto la danza se introdujo y se sujetó al escenario. Se desactivó en el momento en que se separó a los que observan de los que se mueven. Fue convertida en un placer para ser visto y no para ser vivido.

Así empezó la historia de una disciplina que se ha dedicado a desactivar cualquier potencia con la que se ha atravesado, a volver inofensivo lo perjudicial y dóciles a las fieras.

Basta ver lo que la danza ha hecho despojando de todo sentido a los “bailes regionales”, y cristalizando unas pseudo identidades, para comprender las casi malignas posibilidades que posee. La danza nos ha enseñado lo peor de cada país exportando los “bailes típicos”, esquematizando hasta el hartazgo maneras de moverse y de paso las formas de vestir.

Por principio la danza se pasó varios siglos generando parámetros sobre lo que era moverse bien y moverse mal. Codificando una serie de normas de “belleza” y después cuadrándolas a músicas compuestas con antelación.

Desde entonces la danza es un arte que no incita a la acción sino al estatismo, un arte que opera por apantallamiento. El ver a alguien hacer algo de lo que no somos capaces nos genera una extraña sensación de placer, que se asemeja mucho a la que produce el circo, pero que de ninguna manera está relacionada con el arte. Y al igual que sucede con el circo, nadie llega a su casa a instalar un trapecio en la sala. Sino al contrario nos queda la única noción de lo que podríamos hacer, pero que nunca haremos. Una melancolía de la pérdida, de tiempos mejores cuando creíamos que íbamos a lograr nuestros propósitos.

Todo lo anterior sumado a que durante mucho tiempo, la disciplina que nos atañe estuvo sujeta a “dramas” que explotaban el sentimentalismo de la manera más pueril. Al ser incapaz de acceder a un territorio de ideas, la danza ha explotado, cual el peor Hollywood, solo “el Plot” de lo que en otra disciplina pudo haber llegado a tener alguna profundidad. La danza durante siglos se instaló entre dos géneros: los bailes populares y el melodrama lacrimoso.

No me voy a hacer pasar por historiador, pero me parece que la danza tarda mucho en adquirir una autonomía con respecto a sus medios de expresión, dejando de lado, o por lo menos como materia opcional, lo que durante mucho tiempo fue imprescindible: la música y el drama de salón.

El problema es que una vez que adquiere dicha autonomía pierde el chiste y entonces hemos tenido que exponernos a danza francamente aburrida, cuando no pedante, a aberraciones como el “no manifiesto” y cosas peores.

La danza actual/posmoderna/post contemporánea o como quiera llamársele, elimina el coro de bailarines y busca la diferencia. La búsqueda de la diferencia siempre fue un drama de salón. Cuando nadie cree en los sistemas totalitarios a los coreógrafos se les ocurre reivindicar sobre la escena algo en lo que todos estamos de acuerdo. Dejando de lado el verdadero drama, el que tiene que ver con reivindicar la igualdad. Pero no debería extrañarnos, la danza al ser incapaz de producir ideas y a la vez al tener la enorme necesidad de legitimarse teóricamente, trabaja sobre el consenso. Haciendo uso de las pequeñas ofensas que provoca en señoras y señores que extrañan y se rasgan las vestiduras por la pérdida de las normas de belleza y de los dramas lacrimosos. ¿Qué sería de la danza sin sus dramas de salón?

Por eso la interdisciplina le viene tan bien a la danza, porque ha sido el pretexto para revivir con medios expresivos de otro orden a una disciplina en agonía, y a la vez le ha permitido a las coreógrafas y a los bailarines seguir haciendo uso de los espacios y las partidas presupuestales que en casi todo el mundo se le destinan.

Para mi y desde mi ignorancia, coreógrafos como: Sasha Waltz, Xavier Le Roi, Jerome Bel, Bruno Beltrao, Alain Platel, Trisha Brown, Jan Fabre, Lia Rodríguez, Win Wandekeybus………….

No pasan de ser personas muy interesantes cuyos mayores hallazgo en las piezas que les he visto tienen que ver con lo teatral, con lo musical, con lo plástico y en los peores casos con lo filosófico. Pero la danza, bien gracias.

Mientras la danza carezca de una mirada contestataria que intente proponer un contraproyecto, como ha sucedido en muy honrosas excepciones, y recupere la búsqueda de un significado cultural. Las coreógrafas y bailarinas se tendrán que contentar con hacer bailables, con acarrear agua a su molino y rascar en otros lugares para dotar de sentido una disciplina que no lo tiene.

Abrazos cariñosos y besitos para todas.

Gabino Rodríguez.

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Una respuesta a “Otro texto en detracción de la danza

  1. La danse ne produit pas des images qui accompagnent un texte, elle n’est pas non plus une prestation physique qui se passe du texte. Elle est la physique même du langage et de la pensée.
    Une réflexion sur le mode de signifiance propre à la danse passe dons par l’élucidation de son caractère d’image: l’espace y devient un milieu sonore et visuel, et le corps, le point de condensation d’un physique de la pensée.

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