28.08.2013 / 15.09.2013 en el MUAC

28.08.2013 / 15.09.2013 en el MUAC
Escrito por Juan Francisco Maldonado, Nuria Fragoso, Nadia Lartigue, Leonor Maldonado y Esthel Vogrig
Texto escrito pata la revista El Jolgorio Cultural, Oaxaca
Desde hace algunos años se siente una efervescencia creciente de la danza en México, impulsada por una nueva generación de coreógrafos y bailarines que abrían brecha cuando ya casi todo estaba repartido. Esto ha sucedido por varios factores. Por un lado, se entiende que el poder creativo es de quien esté dispuesta(o) a asumir la responsabilidad de hacer arte y por el otro, la especialización de las artes (que no la especificidad) ha perdido credibilidad. Entonces, es esta generación la que se inclina por producir diálogos y posibles reflexiones entre ellas.
Y está que arde. Como casi siempre, quien se legitima pasa de ser un artista a un archivo casi muerto. La necesidad de continuar con los mismos mecanismos de producción, recursos escénicos y coreográficos –¿estilo propio o encasillamiento?– es triste, pero tolerable. Lo intolerable es que quien canoniza esos clichés y los perpetúa decide que todo fuera de ellos es inadecuado. El fósil determina. Hay otros casos igualmente desafortunados, en los que el artista, en algún momento considerado innovador, busca con cierta desesperación mantenerse a flote. Aquí los mecanismos de producción son iguales, pero hay un ingenuo esfuerzo de maquillaje: luces estroboscópicas, sinopsis complicadas, recursos «innovadores». Igual que a los anteriores, una cierta actitud de autoridad los imposibilita. Se ahogan, temen, los mayas lo sabían, 2012.
Hay una generación entera parada en la cima de una roca, contemplando ese panorama apocalíptico. Observa, analiza y produce, nunca se detiene y, a la vez, hace muchas pausas ontológicas, existenciales. La generación articula a través del tiempo, la misma frase que alguna vez articulara Mao: “Todo bajo el cielo es caos absoluto. La situación es excelente”.
La situación está de pechito para generar movimiento –en el vasto sentido de la palabra– nuevos foros, festivales, espacios no institucionalizados, que buscan facilitar las conexiones entre una multiplicidad de artistas distintos, interesadas(os) en una nueva manera de producir públicos. Y también las instituciones quieren danza. Es el caso del presupuesto otorgado por el Crédito de Hacienda y Erario público para 2012 en el que se han destinado recursos económicos de hasta 50 millones para la danza; un Centro de Producción en Danza Contemporánea (Ceprodac) que está ahí para que la comunidad se arriesgue (ojalá suceda pronto). Tan sólo en el D.F., tanto el Centro Cultural Tlatelolco, el Centro Cultural España, el Museo Soumaya, el MUAC, hasta las galerías quieren danza, y recién esta disciplina empieza a enterarse de que hay mucho que se ha hecho en el ámbito del arte contemporáneo, y que tal vez ahí tiene algo que decir, desde la corporalidad, desde lo vivo y la proximidad entre el performer y el espectador, desde la acción polifacética y multidireccional.
¿Cómo aprovechar entonces ese boom, ese impulso, esos incentivos económicos sin ser nefastos hacia la creación?
Mientras a nivel nacional se promueve la danza contemporánea bajo el formato de un concurso (Ópera Prima, ¿el colectivo?) en el que se asume que la creación de un intérprete puede ser «calificada»; en el que los coreógrafos participantes parecen no tener ningún inconveniente en que sus obras se limiten a una misma disposición escenográfica (pantallas con proyecciones gigantes) y a un limitado lapso de creación (5 días). Mientras tal formato homogeneizante, nada propicio para la creación e investigación coreográfica, tiene ocupados a muchas/muchos de nuestra comunidad; hay otros que optamos por invertir la energía en promover actividades y encuentros que apuntan a una colaboración real. Una colaboración que no busca ser efectiva en términos de la inmediatez, sino que busca y ahonda en otras maneras de organizarse y comunicar.
Hay espacio para todos. Nos queremos mucho. Nos criticamos mucho. Revisamos la Historia. Desautorizamos la crítica decimonónica. Buscamos otras maneras de entender la coreografía, la danza, las relaciones de poder, la autoridad, la repartición de bienes, los contratos económicos entre colaboradores, los protocolos de trabajo, de producción, la palabra creatividad. Somos amigos, personas normales, somos aterradores porque no estamos atacando a nadie. No queremos puestos en el gobierno, sino cambiar el mundo. Estamos difícilmente de acuerdo en muchas cosas y tenemos poco diálogo, pero sabemos que, como alguna vez dijo Esthel Vogrig citando a Carolina Silveira, reinterpretando a Aristóteles: “El tiempo es éste, el espacio es éste, y la acción es ésta”.
Así, desde la acción tanto escénica como organizativa buscamos que a través del cuerpo se haga visible otro tipo de espacio social. Donde el cuerpo no es solamente un objeto de creación, sino, como dijo Óscar Cornago: «un espacio en el que lo biológico y lo social, lo natural y lo político, se manifiestan al entrar en conflicto».